Cómo cambiaron las rutinas, la información y la vida de niños y adolescentes de 6 a 18 años en la última década — del patio al teléfono, del confinamiento a la IA — y qué podemos hacer familias, escuelas y estudiantes para convivir con lo que viene.
“Hemos sobreprotegido a los niños en el mundo real y los hemos desprotegido en internet. No los dejamos ir solos a la esquina, pero les damos un teléfono con acceso ilimitado a todo.”
Jonathan HaidtPsicólogo social, Universidad de Nueva York · autor de La generación ansiosa (2024)
De la infancia del juego a la infancia del teléfono.
02Sobreprotección real, desprotección digital.
03Acceso, edad de inicio y horas de pantalla.
04Pandemia, brecha digital y prohibiciones.
05Un cambio de paradigma en marcha.
06Medidas para familias, docentes y estudiantes.

En apenas diez años, la experiencia de crecer se reconfiguró por completo. Haidt lo llama “la Gran Reconfiguración de la infancia”: el paso de una niñez basada en el juego libre a una basada en el teléfono y las pantallas. La transición no fue lineal; ocurrió en tres oleadas.
El smartphone ya está en casa, pero todavía no domina la rutina. En España la edad media para tener un móvil propio con internet ronda los 11,8 años; muchos menores superan las dos horas diarias de pantalla recomendadas. La brecha digital es de acceso: quién tiene dispositivo y conexión y quién no.
El cierre de escuelas convierte la pantalla en el único puente hacia la educación y los amigos. El tiempo de pantalla se dispara —un metaanálisis estima un +52% global— y en muchos hogares el uso pasa de 2 a más de 4 horas diarias. Lo que era ocio se vuelve, además, aula, patio y plaza.
Tras el confinamiento, el hábito digital no retrocede: se normaliza. Y sobre ese terreno llega la IA generativa. En dos años el uso de ChatGPT para tareas escolares se duplica, mientras gobiernos de todo el mundo empiezan a sacar los celulares de las aulas. Convivimos con dos cambios a la vez.
La frase que abre este informe describe una inversión de nuestros instintos protectores. En el mundo físico, la infancia se volvió cada vez más vigilada y acotada. En el mundo digital, en cambio, entregamos a los mismos niños una puerta abierta a todo, casi sin acompañamiento.
Para Haidt, esta asimetría tiene un costo. Argumenta que el juego libre y la exploración autónoma son los que enseñan a gestionar el riesgo y a construir vínculos reales; al suprimirlos, dejamos a los jóvenes sin herramientas para afrontar las ansiedades normales de crecer. Su lectura de los datos sitúa alrededor de 2010–2015 —cuando se combinan el smartphone masivo y las redes sociales— un punto de inflexión: desde entonces suben de forma sostenida los diagnósticos de ansiedad y depresión en adolescentes de los países desarrollados, y las autolesiones entre jóvenes casi se triplican entre 2010 y 2020, con las chicas como grupo más afectado.
La tesis de Haidt es influyente pero también debatida. Varios investigadores señalan que la relación entre pantallas y salud mental es de correlación —no necesariamente de causa directa— y que intervienen otros factores: presión académica, la propia sobreprotección parental, el contexto socioeconómico. La evidencia justifica actuar con prudencia, sin reducir un fenómeno complejo a una sola causa.
El dispositivo se volvió temprano, permanente y central. Tres indicadores cuentan la historia: a qué edad llega el teléfono, cuántas horas ocupa, y cómo altera lo básico —el sueño, la comida, la conversación.
Promedio diario de uso de pantallas en niños de 6 a 12 años, antes y después de la pandemia.
Fuentes: Martínez-Cardona y Alanis-Álvarez (2021); CDC (2022); estadísticas de tiempo de pantalla 2025. Cifras aproximadas de referencia.

El cambio no es solo de cantidad, sino de lugar y momento. Los estudios muestran una fuerte asociación entre el tiempo de pantalla de los padres y el de los hijos, sobre todo durante las comidas y en el dormitorio. El teléfono se cuela en los espacios que antes eran de conversación y descanso: el 42% de los adolescentes reconoce que usar el móvil antes de dormir afecta la calidad de su sueño, y más de un tercio se acuesta más tarde por los dispositivos.
También cambió el tejido de las amistades: cerca de un tercio de los adolescentes siente que pasa menos tiempo con amigos en persona por el uso del móvil. En muchos hogares no hay reglas claras —en España, 7 de cada 10 familias no las tienen— y casi un tercio de los padres admite usar el dispositivo como “niñera digital”.
Si el hogar vivió una transición gradual, la escuela vivió una ruptura. La pandemia obligó a digitalizar la educación de un día para otro —y dejó al descubierto tanto el potencial como las profundas desigualdades del mundo digital.
El cierre de escuelas empujó a millones de estudiantes al aprendizaje remoto. Pero el acceso nunca fue parejo. En América Latina, alrededor de 2019, solo un tercio de niños y jóvenes de 5 a 20 años tenía conexión adecuada; y mientras en el quintil más rico el acceso llegaba al 93%, en el más pobre apenas alcanzaba el 53%. La emergencia sanitaria golpeó con más fuerza justo a quienes menos recursos tenían: para muchos, el papel impreso —no la plataforma— fue el único vínculo con la escuela.
Tras años de digitalización acelerada, la tendencia global se invirtió. Según el Informe GEM de la UNESCO, a comienzos de 2025 unos 79 sistemas educativos habían introducido prohibiciones o restricciones formales al móvil, frente a 60 a finales de 2023 — y la cifra ha seguido creciendo. Brasil, Francia, Corea del Sur, Países Bajos y buena parte de Europa avanzaron con normas nacionales.
En diciembre de 2025 se aprobó la Ley N°21.801, que modifica la Ley General de Educación para prohibir y regular el uso de dispositivos móviles en los establecimientos, con vigencia desde el año escolar 2026 y excepciones pedagógicas, médicas y de seguridad. El gobierno la acompañó con la campaña “Modo Aula”. Chile se sumó así al grupo de países latinoamericanos con regulación nacional.
¿Funciona? La evidencia es alentadora pero matizada. Estudios en Bélgica, España y el Reino Unido citados por la UNESCO señalan que retirar los teléfonos mejora los resultados de aprendizaje —sobre todo en el alumnado con peor desempeño—, ayuda a reducir el acoso escolar y mejora la concentración y la autoestima, especialmente entre las niñas. Pero una investigación de la Universidad de Birmingham (publicada en The Lancet Regional Health – Europe), que siguió a más de 1.200 alumnos, no halló diferencias significativas en bienestar mental, ansiedad, sueño o rendimiento entre centros que prohíban el móvil y los que no.
La lección de los expertos es consistente: prohibir en la escuela no basta si no se acompaña de educación digital y de límites en casa. Sin esa segunda pata, el resultado puede ser “menos móviles en el pasillo, pero la misma adolescencia enganchada a la pantalla por la noche”. La fórmula más eficaz, según la OCDE, combina la restricción con enseñar autorregulación.
Justo cuando empezábamos a entender el impacto de las redes, llegó una segunda ola. La inteligencia artificial generativa se ha vuelto, en tiempo récord, una herramienta cotidiana para estudiar, escribir y aprender — con oportunidades enormes y riesgos nuevos.

Adolescentes de EE. UU. (13–17) que usan ChatGPT para hacer deberes, según Pew Research Center.
*El 54% corresponde a haber usado chatbots para investigación o resolución de problemas, en la encuesta Pew de otoño 2025. Fuente: Pew Research Center, “How Teens Use and View AI”.
Los usos son variados: buscar información (57%), resolver ejercicios (54%), resumir textos (42%), corregir la escritura (35%). En Argentina, según UNICEF y UNESCO, el 76% de los chicos de 9 a 17 años conoce estas herramientas y el 58% ya las usó. La IA no es una posibilidad futura para esta generación: es su presente.
El potencial es real. La UNESCO y numerosos especialistas describen tutorías personalizadas, apoyo a estudiantes con barreras idiomáticas o discapacidad, y alivio de la carga administrativa docente. Bien usada, la IA puede ser un “compañero de pensamiento”, no un sustituto del pensar.
El riesgo tiene nombre técnico: “cognitive offloading” —descarga cognitiva—, dejar de pensar por uno mismo y delegar en la máquina. Los expertos advierten sobre la dependencia excesiva, el declive de la lectura profunda y la escritura, y la tensión que genera en la evaluación: muchos estudiantes perciben como injusto que unos usen la herramienta sin controles y otros no. Casi la mitad de los estudiantes seguiría usando IA generativa incluso si su institución la prohibiera.
Frente a las redes sociales llegamos tarde: reaccionamos una década después. Con la IA tenemos una oportunidad distinta —acompañar el cambio mientras ocurre, en lugar de correr detrás. Eso exige que familias, docentes y estudiantes desarrollen criterio, no solo reglas.
Ninguna medida aislada resuelve el problema. Lo que funciona es un acuerdo entre los tres actores que rodean al niño —hogar, escuela y el propio estudiante— tirando en la misma dirección. Estas son medidas concretas, respaldadas por pediatras, educadores y organismos internacionales.
Acompañar sin invadir; poner límites con el ejemplo
Ordenar el uso y enseñar criterio, no solo prohibir
Pasar de ser usado por la tecnología a usarla con intención
La respuesta a la paradoja de Haidt es simétrica a la paradoja misma: dar más autonomía en el mundo real y más acompañamiento en el digital. Menos vigilancia sobre el juego y la calle; más presencia adulta, criterio y educación sobre la pantalla y la IA. No se trata de temer la tecnología ni de rendirse a ella, sino de volver a poner al niño —sus vínculos, su sueño, su capacidad de pensar— en el centro.
Esta generación crecerá con herramientas que sus padres no tuvieron y que sus profesores están aprendiendo al mismo tiempo que ellos. El desafío no es blindarlos ni abandonarlos, sino caminar a su lado: darles el mundo real de vuelta y enseñarles a habitar el digital con criterio.
La tecnología no es neutral, pero tampoco es destino. Lo que hagamos hoy —en la mesa de la cena, en la sala de clases y en cada decisión de diseño— define qué clase de relación tendrá esta generación con las máquinas que la acompañarán toda la vida.